LA NOTA CULTURAL

Un adiós a Mario Roberto Morales

Por: Luis Aceituno/elPeriódico 

Columnista de elPeriódico, escritor, académico, Premio Nacional de Literatura, Mario Roberto Morales falleció ayer por complicaciones del COVID-19

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Mario Roberto Morales nació en la Ciudad de Guatemala el 5 de septiembre de 1947. Es decir, tendría unos ocho años cuando las primeras canciones de rock and roll empezaron a oírse en las radios locales. Aun si él confesaba que sus preferencias musicales estaban más bien del lado de José Alfredo Jiménez que de Elvis Presley o de Chuck Berry, el dato es importante porque él es el autor de la primera “novela rock” de la literatura nacional. Hablamos de Los demonios salvajes (1976), una obra de iniciación que comparte en su espíritu, estructura y lenguaje la misma actitud de ruptura que en su momento representaron las composiciones de los Beatles o de los Rolling Stones. Novela cercana a la llamada “literatura de la onda” mexicana (José Agustín, Parménides García Saldaña, Gustavo Sainz) y a las experimentaciones más radicales del boom latinoamericano (Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, el primer Vargas Llosa). Un título emblemático para las letras guatemaltecas de la década de los setenta.

Premio Nacional de Literatura y Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos de Guatemala, Mario Roberto Morales murió ayer, por complicaciones derivadas del COVID-19, 10 días después de haber cumplido 74 años. Fue columnista desde inicios de este medio y sus escritos periodísticos son materia ineludible en el análisis de la realidad nacional, luego de la firma de los Acuerdos de Paz de 1996.  Su posición intelectual, siempre a contracorriente del pensamiento políticamente correcto, no dejó de causar polémica tanto en el seno de las derechas como de las izquierdas guatemaltecas.

Un escritor comprometido

Pero más allá de su activismo social y político, Morales fue sobre todo un escritor comprometido con su tiempo, dentro de la línea ética que marcó, a mediados del siglo XX, Jean Paul Sartre. Una anécdota que le gustaba repetir hacía referencia a un viaje estudiantil que realizó a la ciudad de París, en plena efervescencia de 1968, en donde se pasó horas y horas sentado en el Café de Flore, mítico centro de reunión de la alta intelectualidad de la ciudad, esperando a que apareciera el filósofo francés para poder estrechar su mano. No pudo encontrarse con él, pero sí con Miguel Ángel Asturias, en ese momento embajador de Guatemala en Francia y una figura que sería determinante en su trayectoria intelectual, académica y literaria. El nombre de Mario Roberto Morales comenzó a tomar importancia en el ambiente cultural guatemalteco, a principios de los años setenta, justamente por un provocador manifiesto de su autoría titulado Matemos a Miguel Ángel Asturias, en donde llamaba a liberarse del peso que ejercía el Premio Nobel 1967 sobre las jóvenes letras nacionales.

Junto a escritores como Luis de Lión, Marco Antonio Flores, Ana María Rodas, José Mejía, Enrique Noriega, Luis Eduardo Rivera, Morales hace parte de una generación que surgió durante la década de los años setenta del siglo pasado. Una generación que ha recibido los calificativos de “irreverente”, “iconoclasta”, “de ruptura” y que ha legado al canon de las letras nacionales obras referenciales como Los CompañerosEl tiempo principia en XibalbáPoemas de la izquierda eróticaLos demonios salvajesOh banalidad o Servicios ejemplares. El trabajo ensayístico de Morales fue muy importante en el seno de este grupo literario. Fue en esa época en que el periodismo comenzó a convertirse para él en el medio más efectivo y directo para la crítica social y política.

Exilio y retorno

Sus escritos periodísticos y su militancia política en organizaciones de izquierda provocaron su salida al exilio a finales de los años setenta, durante el gobierno de Romeo Lucas García. Se radicó un tiempo en México y luego en Nicaragua y en Costa Rica. Su disidencia de las concepciones doctrinarias de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) provocó su alejamiento de la izquierda guerrillera. Desde entonces, su labor se centró sobre todo en el estudio, la discusión y el análisis académicos. Esta parte de su vida está reflejada en su novela El esplendor de la pirámide de 1985 y en su libro de memorias Los que se fueron por la libre de 1996.

Regresó a Guatemala a inicios de la década de los noventa, y se dedicó de lleno a la labor académica. En 1994, recibió una invitación de la Universidad de Pittsburgh para realizar un Doctorado en Cultura y Literatura Latinoamericanas y para fungir como profesor asistente del Departamento de Estudios Hispánicos. Se graduó con la tesis doctoral La articulación de las diferencias o El síndrome de Maximón, una obra que resume su pensamiento social y político de los últimos años.

Desde principios de este milenio, su docencia en diferentes universidades nacionales, sus investigaciones y sus publicaciones de crítica social y literaria han sido clave en la formación académica de las nuevas generaciones de sociólogos, humanistas, historiadores, escritores. Dirigió la Maestría en Estudios Culturales Latinoamericanos de FLACSO y fue catedrático de la de Geopolítica y Análisis Estratégico en la Escuela de Ciencia Política de la Usac. Fue coordinador también del Centro de Estudios Latinoamericanos “Manuel Galich” de la universidad nacional.

En 2007 recibió el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias e ingresó como miembro de número a la Academia Guatemalteca de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española. En 2014, la Universidad de San Carlos de Guatemala le confirió el Doctorado Honoris Causa.

Su más reciente novela publicada es Jinetes en el cielo, sobre la desaparición del guerrillero Juan José Cabrera, alias Mincho, y sobre el asesinato del obispo Juan Gerardi. Está por publicarse una nueva obra de ficción, La nave del olvido, sobre el caso Rodrigo Rosenberg.

FUENTE: EL PERIÓDICO

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