LA NOTA CHAPINA

LA NOTA CHAPINA: Marcos 11:15-18. ¿Por qué necesitamos fiscalizar a los líderes religiosos?

Que con seguridad soy ateo, alcohólico o drogadicto. En cualquiera de los casos dicen que orarán por mí. Se los agradezco. Pero ¿qué hace un periodista hurgando en “las cosas de dios”? ¿qué nos importa a nosotros la vida de los sacerdotes o las finanzas de las iglesias?

El presidente Pérez Molina, aupado por pastores neopentecostales.

FOTO: NOTICIASDEGUATEMALA.COM

Mi madre me crió católico pero los principios de nuestra fe siempre fueron debatibles. Me enseñó que a la fe también se llega a través de la duda y el cuestionamiento, porque incluso Tomás quiso meter sus dedos en la llaga cuando se encontró al Resucitado.

Si el mismo dios podía ser cuestionado, ¿por qué no habría entonces de cuestionar a los hombres que hablan en su nombre?

Ingresé al seminario a los doce años. Me fui porque no podía creer que el amor fuera incompatible con el sacerdocio.

Por eso y porque no aguanté las condiciones de la Fraternidad Misionera de María, un seminario popular que cada año le habría las puertas a casi 300 muchachos, empujados más por la necesidad de tener techo, comida y educación que por la vocación verdadera. Gracias a la Fraternidad sobrevivió el catolicismo en Guatemala cuando los seminarios españoles menguaron en el envío de sacerdotes.

Sin embargo, al padre que la fundó, Monseñor Eduardo Aguirre Oestmann, lo excomulgaron porque creía, entre otras cosas, que la Comunión no se le podía negar a nadie aún si esa persona no estuviera bautizada. La historia de las religiones es la historia de hombres como Martín Lutero que se atreven a cuestionar que el perdón de los pecados dependa de las aportaciones financieras del creyente.

Es decir, las iglesias también necesitan de la crítica para crecer. Pero la crítica de la fe no nos compete a los periodistas. Lo que nos compete a los periodistas es la forma en que algunos fariseos se aprovechan de esa fe para acumular poder, para enriquecerse y para pintar de blanco los sepulcros en los que esconden el lavado de capitales, el fraude fiscal, el asesinato y las violaciones.

Los lados oscuros de las iglesias son tan innegables como sus aportes. La Iglesia Católica que lanzó la brutal Inquisición y destruyó saberes invaluables es la misma que resultó fundamental para los grandes logros del arte occidental. Una parte de la Iglesia Católica, como monseñor Rossell y Arellano, se puso de lado de los asesinos contrarrevolucionarios, y otra, como monseñor Romero, puso sin miedo el pecho frente a las balas.

Lo mismo sucede con las iglesias evangélicas. Gracias a los primeros misioneros protestantes se crearon los primeros colegios privados. Esos misioneros salieron a evangelizar en los idiomas mayas en tiempos en que el Estado se esforzaba en ladinizar y exterminar culturalmente a los pueblos indígenas. Fueron los responsables de las primeras traducciones del Nuevo Testamento al q’eqchí y al kakchiquel. Incluso el presidente revolucionario Juan José Arévalo confió en manos de protestantes, las primeras campañas de alfabetización de la primavera revolucionaria.

Esos aportes no pueden dejar de mencionarse solo porque, como describía García Márquez en su discurso de aceptación del Nobel, en 1982: “surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo”.

Por esos aportes sociales de los evangélicos, por la memoria de los catequistas católicos, pastores, seminaristas, monjas y sacerdotes que dieron su vida por la justicia social en tiempos del conflicto armado, es que resulta injusto que una élite religiosa se aproveche de las iglesias y de la fe de las personas para influir en la política y buscar impunidad para sus delitos.

Porque conocí en la Fraternidad a seminaristas y sacerdotes que se partieron para poder abrir al menos una clínica parroquial en tantas de las aldeas olvidadas por el Estado, es que me parecía desagradable ver a un cura de palacio como el nuncio Thevenin, sirviendo de alfombra para el poder político.

Sin la valentía de las víctimas para entender que denunciar no es un atentado contra la fe, aún seguirían escondidos los cientos de miles de casos de violaciones sexuales frente a los que la Iglesia Católica no ha podido (o no ha querido) tomar medidas contundentes. Esa misma Iglesia que luego pretender tener solvencia moral para “defender la vida”.

Sin la presión periodística jamás habría caído el velo tras el que el televangelismo de la cadena norteamericana TBN, escondía el enriquecimiento de sus pastores. Tras aquellos primeros escándalos de finales de los noventa se crearon organizaciones como la Trinity Foundation que ahora fiscalizan a los grandes ministerios para darle certeza a los fieles de que sus aportes llegaran a las obras de caridad.

En la actualidad el evangelismo crece por toda América Latina y ese crecimiento va de la mano de una sofisticación de sus mecanismos para influir en la vida pública. Controlan medios de comunicación y en alianza con políticos conservadores ganan espacios legislativos. Desde allí boicotean la educación sexual, hacen más hostiles nuestras ciudades contra la comunidad LGBTI y criminalizan a las mujeres por el derecho a decidir sobre sus cuerpos.

¿Con tanto poder sobre la esfera pública por qué no habríamos de fiscalizarles?

La mejor manera en que las iglesias y los creyentes pueden evitar las detestables generalizaciones es poniendo en evidencia a quienes se hacen pasar por ovejas. Es abogando por reformas, por transparencia y por estructuras acordes al siglo XXI.

Adentrarse en el mundo de la religión también requiere respeto y profesionalismo. Un esfuerzo por entender las creencias, por comprender los sistemas de jerarquías y por no dejarse llevar por los recursos fáciles de desacreditar sin sustento.

No fiscalizamos a las iglesias por ser ateos. Ni nos metemos con los evangélicos porque somos católicos, ni viceversa. Algunos lo hacemos por la misma razón por la que un día Jesús tomó el látigo: para expulsar a los mercaderes del templo.

NÓMADA

 

 

 

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